Uno de los recursos más manidos de los que echan mano los políticos aguerridos, de eso que llamamos nuestro civilizado primer mundo, cuando se ponen a justificar las hazañas bélicas en las que nos embarcan a todos de tanto en tanto, es el de extender las innegables bondades de nuestro sistema político a todos esos pobres e indefensos países en manos de desalmados sátrapas que tiranizan despiadamente a su población.
A todos nos suena la cantinela, ¿no es cierto? De hecho, junto a las inexistentes armas de destrucción masiva y a los imaginarios vínculos de Saddam con Al-Quaeda, fue, en su momento, la tercera (y la menos importante) de las razones esgrimidas por los criminales de guerra (presuntos, esperamos juicio) de las Azores. Incluso hoy, desmontadas las ridículas patrañas que encabezaban la lista de razones para la invasión, lo de llevar la democracia a los iraquíes se sigue proclamando a los cuatro vientos como salmo hipnótico para disimular las vergüenzas (si es que alguno tiene de eso) y desviar la atención del desastre humanitario, social y geopolítico organizado en la zona por los tres vaqueros indomables. Por no mencionar, claro, los centenares de miles de muertos, los millones de damnificados y la extensión a nivel mundial del terrorismo que decían combatir.
Pero oiga, lo importante es llevar la democracia a todo el mundo, ya se sabe que lo otro no dejan de ser daños colaterales.
Aún hay almas puras en este planeta que creen firmemente en el mensaje, pasando por alto pequeñísimos, minúsculos detallitos sin la menor importancia, como, pongamos por caso, que eso de tratar de exportar la democracia vale solo según para quién. Si la dictadura es de un país amigo (aunque sea en el plano puramente económico, obviando los millones de petrodólares que sirven precisamente para financiar el integrismo islámico) como Arabia Saudí, lo de la democracia pasa a ser un asunto menor, no vamos a molestar e interferir en un asunto estrictamente de orden interno. Sus sátrapas son homologables si podemos hacer negocios juntos o interesa su posición estratégica para eliminar a algún enemigo.
A China no vamos a sancionarla o invadirla, ni a Paquistán. A Cuba o Irán sí.
Y ¿qué pasa si llevamos la democracia a algún lado y lo que eligen los ciudadanos no nos gusta? Bueno pues entonces nos podemos pasar por el forro la democracia. Chávez es malo, aunque le voten los venezolanos y hay que derribarlo, ¿entienden el concepto?
Si no bastan esos ejemplos, tal vez resulte más meridiano lo que está sucediendo en Palestina. Un gobierno elegido democráticamente en las urnas, sufre un golpe de estado y nosotros (la UE y EEUU) apoyamos a los golpistas porque nos gustan más que el gobierno depuesto, los islamistas de Hamás.
No solo no condenamos los hechos, además apoyamos económicamente al otro bando (al que por cierto hasta hace poco también tachábamos de terroristas, solo que ahora nos parecen más convenientes que los otros) y nos apresuramos a reconocerlo como gobierno legítimo de Palestina. Los israelíes sueltan a sus presos políticos abren el grifo económico para Al Fatah y estrangulan el aprovisionamiento humanitario de Gaza. Y el mundo entero se olvida de los valores democráticos esos que decimos defender.
Claro que no nos gusta Hamás, claro que es una organización reconocida formalmente como terrorista, (como en su momento Al Fatah y Arafat) pero, desde el mismo momento en que se confirmó su sorprendente victoria, la comunidad internacional, ha puesto todas las trabas posibles (embargos mediante) haciendo imposible que los islamistas se moderaran y comprobaran que lo que tan vehementemente pregonamos del mejor (o menos malo) sistema político del mundo es verdad, y que en democracia, todo se puede defender mediante la palabra. ¿Acaso esta actitud de violar el derecho internacional y la esencia misma de la democracia porque no nos gusta el resultado electoral no carga de razones a los Bin Laden de este mundo? ¿Quién se lo va a explicar a los palestinos que ejercieron su voto?
Luego nos extraña que en nuestro país, algunos también pongan en duda la legitimidad de los resultados de las elecciones democráticas.
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